Mucho trabajo

José Rosado

Cuando tengo mucho trabajo, el mal humor siempre anda al asecho: se escabulle entre los pixeles de la pantalla de mi computadora y, como el enmascarado en una película de terror, se lanza sobre mí.

Mis hombros se tornan duros, mi corazón palpita de manera irregular y siento el peso de cada tarea en mi cuello, provocando ardor. Así me siento cuando el trabajo se transforma en torres de papeles digitales.

Miro la pantalla y me descubro haciendo clic por aquí y por acá, sin saber por dónde iniciar. Cuando el trabajo se postra frente a mí, el estrés mira y se burla mientras las ganas de procrastinar chocan violentamente con mi fuerza de voluntad, que poco a poco se agota.

Cuando digo  “No puedo, tengo mucho trabajo”, no lo digo como una excusa para evadir algún compromiso. Lo digo frente a la cruda realidad de saber que si no cumplo, mi imagen de hombre proveedor se debilita. Ser padre, esposo y persona orientada a la acción trae consigo deberes que nunca imaginé mientras holgazaneaba cuando era más joven.

No obstante, tener más trabajo de lo que puedo aguantar me ha ayudado a descubrir algo que nunca hubiese podido conocer de no tenerlo. He descubierto el poder que el miedo tiene sobre mí.

El miedo a quedar mal, a tener que pedir excusas o a incumplir me causa estrés.

“Dentro de las cosas que más se valoran al contratar un servicio están la responsabilidad, el compromiso y la dedicación. José Rosado reúne estas cualidades y asume los proyectos con dedicación, entregando un servicio de calidad.”

Esto es un testimonio de uno de mis clientes. ¿Qué mayor responsabilidad que la de mantener esta imagen? Mi imagen no es intachable, pero cada vez busco dar más de mí.

No es por error que durante mis negociaciones suelo declarar la siguiente garantía, “o le entrego a tiempo, o su inversión le será devuelta en su totalidad y su producto será completado”. Esto me obliga a cumplir sí o sí. No hay cabida para incumplimiento.

Mucho trabajo. Tanto como nunca en mi vida… Y qué bueno que es así, porque esto me ha enseñado más sobre mí que cualquier libro, taller, universidad o persona. No se aprende dentro de la comodidad, pero sí en el terrero mugriento del trabajo, día a día. Mucho trabajo, pero mucho aprendizaje.

Cuando el trabajo se acumula, el día es una guerra constante entre mis ganas de trabajar y las ganas de tirar todo por la borda. Cuando veo mis quehaceres, no puedo evitar sentir que voy a incumplir. Pero esto no me ha frenado (¡gracias a Dios sabe qué!).

Cada día, con dolor en las articulaciones de mis manos, es un día en que me venzo a mí mismo. Y al final del día, eso es lo que importa.

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